22/10/08







La vista parece recorrer la superficie de un cuadro, sorteando ya la distancia entre ella y la obra. Omite reparar en el marco y nada advierte en torno a cada vértice, ni se interroga por la lejanía.
La vista detecta el centro. Hace su observación en el círculo invisible dentro del que convergen las diagonales. Allí está la esencia, se dice.
Los hombres tergiversan esa mirada, de una manera inferior que el artista.
Un pintor, el escultor -por caso- ejercen una tarea de permanente reducción del caos. "Asimilación de la realidad dispersa", le llaman. Profesan su gracia fuera de ángulos opinables, de rectas infinitas. Desprecian el cientificismo.
Despliegan su discurso en la gestación de sus obras. Cumplida ella, asisten a su despedida.
El artista exhibe sólo una mutación del instante, pinta el tiempo con colores, desgrana una sutileza, ilustra una melodía, esculpe la tibieza de un temperamento, la primera exhalación del último dolor.



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