8/11/08

la cacerola

El cocinero acababa de acercar la sartén al fuego.
Sobre la tabla de madera, aguardaban inmutables varias zanahorias cortaditas en forma de bastón, como otros trozos de zapallo largos y ajíes.
Un pisito de aceite habría de sortear su forma de espejo, para sentir y hacer sentir el calor de una hornalla, cuando, fuera de toda sospecha, miles de hormigas dormidas sobre un plato hondo comenzaron a desperezarse e inquietas, chocándose entre ellas, pisándose unas a otras, empezaron a gritar por el pánico de su seguro desenlace fatal.
La menor de ellas, utilizando un grano de sal partido a la manera de megáfono, llamó a las restantes a organizar la rebelión. Asaltarían la mano del cocinero, trepándose al brazo hasta alcanzar su gorra blanca, para que el peso de todas ellas lo hiciera ceder hasta la nariz y así dificultarle su visión. Seguramente aquella acción paralizaría la labor, y evitaría la masacre sobre el aceite a esa altura hirviendo.
Fue entonces que la discusión ganó terreno. No había acuerdo entre quienes treparían primero; que las más rápidas eran las menos pesadas; que otras preferían sucumbir al vacío, a tener que lidiar contra una segura muerte por aplastamiento.
Mientras el calor empezaba a sofocar a las rebeldes, una de ellas, con experimentada oratoria, aplacó los ánimos y con acalorado discurso, se ofreció a inmolarse en una previa maniobra de distracción.
Así es que convencido el atónito resto, saltó del plato hasta la mesada, y en una carrera digna del recuerdo, corrió por ante el cocinero para llamar su atención.
Fue suficiente ese gesto, para que las demás, embelezadas ante tal despliegue físico, intentaran emularla, pero huyendo en cambio en dirección contraria, hasta lograr esconderse en una olla que juntas lograron tapar.
Tiempo después, sintieron un pequeño movimiento hasta posarse vaya a saber alguien sobre qué superficie caliente, que terminó por ahogarlas en un vapor asfixiante.
La sopa se sirvió con puntualidad, ante la vista de la única sobreviviente. Hasta la última gota fue a parar al estómago de otros, que como las hervidas, sólo esperan que otro sea el héroe, cuando hay hambre.

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